Ayer salí a cenar con un amigo y, no sé por qué, salió a la conversación que cojo el autobús muchos días para ir a trabajar, cuando estoy vaga y no me apetece ir andando. Es curioso porque hace cuatro años que vivo en este barrio pero no conozco a mucha gente (más bien a casi nadie). Salvo a los de la parada del autobús. Todos los días me subo con las mismas personas, dos chicas de unos cuarenta años que son enfermeras y van al hospital, un hombre de unos cuarenta y cinco, un señor trajeado, una chica muy arreglada y varios estudiantes (mi autobús sigue su ruta hacia las facultades). Suelo salir casi siempre a la misma hora de casa, el autobús también suele pasar a la misma hora, pero a veces se adelanta y, cuando llego y veo que están mis compañeros de autobús, sé que no lo he perdido. Es una buena señal.
Lo cuento porque yo no le había dado importancia, pero ayer comentándolo con él, le hizo gracia. Son esas pequeñas cosas cotidianas que hacen que una se sienta más aferrada a la vida real.