23 Noviembre 2006
Esta tarde viene a verme mi chico. Se quedará en casa el fin de semana. No llevamos juntos mucho tiempo, tan sólo algunas semanas, pero me siento con él como no me había sentido jamás con nadie. No es de mi ciudad, pero no vive lejos. Estos dos días y medio seremos como una pareja que convive, será mágico. Tengo tantas ganas que me veo incapaz de esperar.
Sentirme enamorada. Hacía tiempo que no lo experimentaba y no recordaba la increíble sensación que es.
En fin, supongo que tras los malos tiempos vienen otros buenos, la vida está hecha de ciclos, y la mía, sin duda, no es diferente de la del resto...
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8 Noviembre 2006
Lluvia en mi alma y lluvia en mi cuerpo. Lluvia en el adentro y en el afuera. Y no es una metáfora. Me gusta la lluvia, y no deja de caer agua del cielo desde hace varios días aquí, en mi ciudad. Esta lluvia era esperada. La que no lo era tanto era la que me invadió por dentro ayer, en forma de profunda tristeza. Y el caso es que todavía no he conseguido averiguar la causa de esta pena. Supongo que, como dice una buena amiga que me escribe mucho y bien aquí al blog, llevaba puesta una coraza que escondía un sentimiento que yo no había detectado.
Ayer tuve una sesión de antigimnasia. Es un método de estiramientos, de recolocación postural, de relajación... que va trabajando con todos y cada uno de los músculos del cuerpo. Bueno, pues ayer tocaba trabajar con el diafragma, el músculo de las emociones. Imagino que al respirar tanto y desbloquearlo, fue cuando me llegó este torrente de emociones inesperadas, y lo que apareció fue la tristeza, mi antigua compañera de viaje. Hacía muchísimo que no la sentía tanto, no está mal hacerlo de vez en cuando, creo que es positivo, ayuda a saber que una está viva y siente cosas, pero me preocupó.
Hoy sigue lloviendo sobre mi ciudad, pero mi corazón ya se siente un poco más confortado, a lo mejor es una señal de que el agua pronto dejará de caer.
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6 Noviembre 2006
Antes que nada quería pediros disculpas a todos/as por no haber escrito nada en meses. A lo mejor ya ni os pasáis por aquí para leerme, lo entiendo.
Y el caso es que estoy contenta últimamente. Las cosas me están yendo bien. Estoy haciendo un curso sobre crecimiento personal y desarrollo erótico. Es una de esas cosas que cambian la vida de las personas, sobre todo en cuanto a la forma de relacionarnos con los demás, mucho más sana, más natural. Es alucinante la violencia que hay en esta sociedad, presente en cada momento de nuestras vidas. La gente no se permite sentir, emocionarse, los hombres no se permiten llorar. Vivimos en la cultura de la represión, del control, de la rectitud. Tenemos, nada más y nada menos, que ser perfectos (a nivel intelectual, sentimental, emocional...). El nivel de exigencia es tan alto que las personas no son capaces de soportarlo. Y luego se habla de depresión, ja! si es normal, si lo extraño es que no haya más casos. Y además, nos permitimos en muy escasas ocasiones decirle al otro/a lo que nos gusta de él/ella. Es increíble lo que puede llegar la gente a emocionarse simplemente porque haya alguien que le diga cuánto le gustan ciertas cualidades que tiene. Creo que hay personas que lloran más fácilmente si se les dice esto que si se les reprocha algo. Vivimos en una cultura del desprecio al otro, de aplastar al de al lado en cuanto podamos... vivimos en una cultura del mal trato.
Y digo yo ¿no sería hora de que en vez de jugar en la liga del odio empezáramos a jugar en la del amor?
Besos.
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18 Agosto 2006
Estoy de un vago que no me reconozco. Acabo de volver de un viaje por la Toscana y todavía estoy aterrizando. Pero me lo he montado bien porque tengo vacaciones hasta finales de mes, por lo que me puedo tomar con calma lo de aterrizar.
Y eso que el viaje no parece haberme sentado muy bien. Al día siguiente de volver tenía un lumbago que no me podía ni mover, no sé yo, me da a mí que fue el aire acondicionado del avión (hacía un frío que pelaba!!!)... en fin, no lo sé, la cuestión es que no me puedo casi agachar desde que he vuelto, así que he decidido tomármelo con calma. El problema es que a veces la calma excesiva hace que una se sienta baja de ánimos, me deprime muchísimo estar enferma, a veces pienso que me he vuelto un poco hipocondríaca, cosa que no he sido jamás, pero me preocupo en exceso cuando algo me pasa, tiendo a pensar lo peor. Claro, que más malo aún es pensar que antes (cuando era MÁS joven) esto no me pasaba y que, a partir de ahora, todo va cuesta abajo. Ya sé que es un poco exagerado, incluso es woodyalleniano, pero no puedo evitarlo.
La vejez es algo que me planteo muchísimas veces. Pienso en cómo se siente la gente mayor, de setenta años en adelante, que un día fueron como yo, es imposible experimentar lo mismo a no ser que tengas esa edad, pero en muchos aspectos debe ser frustrante. Siempre recuerdo una frase de Marguerite Duras en su novela, El amante. Parece ser que cuando tenía unos veinte años su rostro empezó a cambiar y a deteriorarse, pasando de la bellísima mujer que había sido, a una persona más bien fea y vulgar (la que todos conocemos por las fotos). Decía que no le preocuparon los cambios, sino que los observaba con un interés casi científico. Siempre recuerdo esa frase porque a veces me descubro mirándome a mí misma en el espejo de la misma forma. Analizando esos cambios de una manera fría, objetiva y científica. Y tratando de asumir que eso es así. Es difícil aceptar que uno es como es, que el físico de la mayoría de las personas no corresponde a los cánones de belleza vigentes, que nuestro rostro carece de la simetría perfecta exigida... Deberíamos asumir la belleza desde otro punto de vista, el de la aceptación de nuestro cuerpo, no el del castigo y la violencia hacia nosotros mismos, que es el germen de toda la violencia ulterior. Vivimos en un mundo dominado por violencia, la agresión y el odio. El que muchísima gente practica con su propio cuerpo y, como consecuencia, con el de los demás.
En fin, creo que por hoy ya está bien.
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25 Julio 2006

La inmensidad desde arriba. Inabarcable con la vista. Jamás pensé que algo así pudiera existir.
Os dejo con esta maravilla.
Besos
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25 Junio 2006
Este fin de semana estaba especialmente vaga pero, sin embargo siempre hay algo que me apetece hacer, que es escribir. Aunque ya sé que no escribo mucho aquí, lo cierto es que es algo que practico todos los días, bien dejando algún comentario largo a alguien en su blog, bien escribiendo un correo electrónico sobre temas que me importan a alguien que me importa... la cuestión es no parar.
Pero este fin de semana (finde para los amigos) estoy relajada, esta mañana me he bajado a la piscina y me he tirado un rato largo larguísimo en el agua y luego otro no tan largo tomando el sol. ¡Qué felicidad! Ha sido mi primer baño estival, ha quedado inaugurada oficialmente la temporada. Y claro, con tanto sol y tanta agua, me he quedado frita después de comer, tan a gusto estaba que no me podía despertar. Resumiendo, nunca me gustaron especialmente los domingos, pero el de hoy ha sido redondo.
Si es que... es curiosa la idea que tenemos cada uno de la felicidad.
La verdad es que tiene gracia la cosa, vivo en un edificio de nueva construcción, de esos con un pequeño jardín y piscina. Todas las viviendas dan a ese microcosmos ajardinado y, cuando te bañas, tienes la sensación de que alguien te está espiando, supongo que todos lo hacemos. Yo, desde luego, sí, porque, si hay algo que me guste en este mundo es mirar por la ventana. No por cotillear, sino por ver a la gente, qué hace, cómo se comporta, qué pueden estar pensando... los niños jugando, las parejas explorando sus cuerpos en el agua, las chicas tomando el sol, los adolescentes exhibiéndose, las señoras mayores sentadas en un banquito vigilando a los nietos...
Da la sensación, cuando bajo a la piscina, de que tengo un tiempo limitado, parece como si tuviera que cederle el espacio a un vecino que me estuviera mirando en ese preciso momento y que quisiera bajarse a ocupar mi sitio. Me siento como una intrusa, por lo que hago el baño corto y me subo enseguida a casa. Pero hoy no. Hoy me he tomado mi tiempo, no tenía ganas de cederle mi sitio a nadie, no tenía por qué. Hoy decidí cuidarme.
Ya era hora ¿no?
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10 Junio 2006
La otra tarde estaba en casa y a la que voy a abrir el grifo de agua me doy cuenta de que no había suficiente presión, por lo que no había fuerza para que se encendiera el calentador, y para qué decirlo, no tenía agua caliente en la mayor parte de la casa (salvo en aquellos grifos donde el caudal era mayor). Un agobio increíble. Esta es, curiosamente, una de las cosas que más me deprimen y agobian, cuando se estropea algo en casa y no sabes a quién hay que llamar para repararlo. Porque ante la falta de presión de agua en casa ¿a quién avisas? Confié en que se arreglaría solo y me fui a cenar con mis padres, además, habían operado a mi madre (nada de importancia) y estaba la mujer con ganas de hija. Cuando volví a casa, pues no, no se había arreglado.
Al día siguiente igual, me duché como pude y me fui al trabajo de bastante mal humor.
Cuando volví por la tarde, todo igual, así que subí a ver al presidente de la comunidad de vecinos. Llamo a su puerta y oigo voces de un niño y alguien más. Nadie me abre. Vuelvo a llamar y, ahora sí, me abre el presidente en camiseta y sin pantalones (creo que no llevaba nada más). Nos miramos, me río, se ríe y esconde la mitad de su cuerpo detrás de la puerta. Cosas que pasan cuando vas a casa de un vecino. Al final le digo que se vista y le comento el problema. Muy amablemente me dice que en su casa no pasa nada, me acompaña al cuartito del agua y todo parece normal.
Me enseña el sitio donde está el grupo de presión (bonito nombre), una máquina incomprensible salvo para el que la inventó, y claro, como dos pardillos nos quedamos igual, mirando la agujita que marca algo del agua.
Nos vamos, me quedo en mi piso y, antes, me da unos consejillos sobre el uso del calentador ("que funciona muy mal, hay que ver las constructoras, ponen lo peor y más barato"), que abra dos grifos a la vez para que salga caliente...
Voy a casa, lo intento, nada.
A todo esto, viene a casa mi cuñada. Quiere que la ayude a prepararle una cena sorpresa a mi hermano porque hoy hace un año que salen juntos. Lo hablamos y nos compinchamos para que todo salga bien. Yo con la cabeza dividida, entre la cena de mi cuñada y la maldita avería de casa.
Cuando nos despedimos, empiezo la ronda de llamadas para tratar de averiguar algo y arreglarlo como sea. Primero al seguro de casa. Cómo no, me dicen que "su póliza no cubre una avería en la presión del agua, eso no se considera siniestro. Le paso con incidencias y le mandarán un fontanero". Me pasa y tras diez minutos de espera con música de George Michael incluida, me dicen que me llamará el fontanero en 24 horas hábiles, es decir, el lunes (estábamos a viernes). Desespero total.
Llamo a otro fontanero que ya había venido a casa y me dice que me llama en cinco minutos. A los tres cuartos de hora de espera, le llamo yo y le digo que estoy muy agobiada y que no sé lo que puede pasar con el agua. Me atiende con gran amabilidad y quedo con él el lunes por la tarde.
Al cabo de un rato me llama un amigo que es profesor en la universidad, le cuento la historia y me dice que me llamaba para ir a cenar por ahí. Le digo que bien, que así se me olvidará toda la historia y me despejaré.
Tras pasar con él un rato muy agradable, vuelvo a casa, abro el grifo y... vuelve a haber presión!!! Se arregló solo. Misterios de las tuberías y sus habitantes.
Y yo vuelvo a sonreir.
Definitivamente, pienso, qué tonta soy.
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3 Junio 2006
Ayer salí a cenar con un amigo y, no sé por qué, salió a la conversación que cojo el autobús muchos días para ir a trabajar, cuando estoy vaga y no me apetece ir andando. Es curioso porque hace cuatro años que vivo en este barrio pero no conozco a mucha gente (más bien a casi nadie). Salvo a los de la parada del autobús. Todos los días me subo con las mismas personas, dos chicas de unos cuarenta años que son enfermeras y van al hospital, un hombre de unos cuarenta y cinco, un señor trajeado, una chica muy arreglada y varios estudiantes (mi autobús sigue su ruta hacia las facultades). Suelo salir casi siempre a la misma hora de casa, el autobús también suele pasar a la misma hora, pero a veces se adelanta y, cuando llego y veo que están mis compañeros de autobús, sé que no lo he perdido. Es una buena señal.
Lo cuento porque yo no le había dado importancia, pero ayer comentándolo con él, le hizo gracia. Son esas pequeñas cosas cotidianas que hacen que una se sienta más aferrada a la vida real.
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